"Todos mis compañeros empezaron a salir del salón, se quedaron Camila* y sus amigas. Presentía que nuevamente me iban a molestar… Guardé algunos libros en mi maleta y cuando caminaba hacia la puerta, Daniela me detuvo frente al tablero. Me agredió verbalmente, le dije que no quería problemas, que me dejara –ya estaba acostumbrada a sus groserías–, pero María cerró. Como no respondí, Daniela me dio una cachetada. Sus amigas le gritaron: ‘¡Pégale, es una perra, una zunga!’ Me comenzó a cachetear, me tomó del pelo, me lanzó contra el filo del escritorio y fui a dar al piso. Terminó encima de mí, me siguió pegando, perdí el conocimiento por unos instantes y cuando volví en mí, solo veía su puño en mi cara, escuchaba sus risas y la percibía, aunque un poco borrosa, pero ya no sentía nada...”
Para ser víctima de bullying (‘toreo’, término adoptado en 1970 por Dan Olweus, un investigador noruego, para aludir al maltrato sistemático y continuado entre pares), cualquier excusa sirve: ser gordo o flaco, tener las mejores calificaciones o las peores, que los padres cuenten con una posición social importante o no, ser amanerado, declararse gay o sencillamente ser bonita y gustarle al más churro del colegio… Este último pretexto fue el que llevó a la estudiante de 16 años, que cursaba grado noveno en uno de los colegios bilingües más prestantes de Bogotá, a acosar durante meses a su examiga y casi a matarla a golpes en el salón de clases, por, supuestamente, haberle quitado el novio. La bully, hija de un diplomático, fue sacada del país y Alejandra*, la víctima, aún se recupera de las secuelas emocionales e inició la universidad y una nueva vida en otra ciudad.
¿Pero cuál es el común denominador en esta problemática? La asimetría de poder entre víctima y victimario. Enrique Chaux, doctor en educación de la Universidad de Harvard, asegura que existe la intimidación tanto en estratos altos como en los bajos, “pero hasta en los colegios de alto nivel, los estudiantes que cuentan con más recursos socioeconómicos o son hijos de alguien poderoso, tienen un mayor riesgo de ser los agresores”. En últimas, el asunto es de abuso de poder. Y –condición forzosa en los episodios de maltrato escolar– adultos que se hacen los ciegos y los sordos. Rectores, profesores y padres que evaden la responsabilidad de tener un matón en sus aulas o en su casa y un gobierno que hasta diciembre del año pasado aprobó la primera ley de Convivencia Escolar en el Congreso. Solo falta que sea sancionada por el Presidente para empezar a tratar el tema bajo la mira de varias entidades: los ministerios de Salud y de Protección social, la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo, quienes serán garantes de esa ruta de atención integral para la convivencia escolar y para enfrentar la problemática, denominada por muchos especialistas como una “epidemia silenciosa”.
UN SILENCIO QUE PUEDE MATAR…
“Felipe* siempre ha sido delgadito, prefería estudiar que jugar en el recreo. No le gustaban el fútbol ni ningún deporte”, revela Adriana, su mamá, madre divorciada y administradora de un restaurante del centro de la capital. No al menos como lo jugaban en su colegio, ubicado en el barrio San Bernardo en la localidad de Los Mártires: siempre rodeado de niños más corpulentos que se divertían empujándolo y pateándolo. Un día, le golpearon un hombro; otro, le luxaron el tobillo y así continuaron con cada partecita de su cuerpo, hasta que se excedieron y terminó en el hospital Universitario Mayor, con hematomas y dolor. “Todavía me doy golpes de pecho, pues me di cuenta de todo muy tarde, salgo muy temprano a trabajar y llego cuando mis hijos duermen. Era tanta la angustia de ‘Pipe’... Hablé con el hermano rector y dijo que tomarían cartas en el asunto, pero no fue así y me tocó sacarlo…”, revela. ‘Pipe’ no volvió a ser el de antes.
¿Es tan oscuro el panorama actual de acoso escolar que vivimos en Colombia? Adriana González, subdirectora del ICBF, asegura que “el bullying es un fenómeno que está creciendo en el país, que vulnera los derechos de los niños y de los adolescentes e influye de manera muy fuerte en la deserción escolar, además puede generar afectaciones físicas o psicológicas”. Las cifras no se pueden menospreciar. “En el 2012 tuvimos 149 casos de niños que fueron víctimas de intimidación escolar, hicimos constataciones y luego de su verificación, abrimos procesos administrativos de restablecimiento a 68 casos importantes en Bogotá, Caldas, Antioquia, Sucre y Tolima, una cifra que sigue siendo alta y que nos inquieta”, asegura.
Enrique Chaux, quien también es profesor asociado del departamento de psicología de Los Andes, corrobora esta preocupación, aunque asevera un avance en el país. “En el 2003, cuando empezamos a investigar, las personas veían el bullying como algo inofensivo, normal en la vida de los niños y que les formaba el carácter… Comprendieron que es un tema grave y que si no se maneja a tiempo, puede tener consecuencias graves a largo plazo”.
Las últimas estadísticas aún muestran niveles altos de matoneo en el país, pero empieza a haber una pequeña disminución de cuatro puntos, en Bogotá. El DANE, junto con la Secretaría de Educación de la capital, realizó la Encuesta de Convivencia Escolar a 100 mil estudiantes, en el año 2011, y esta reveló que la problemática se encuentra en un 17 por ciento. En el 2006 se había realizado una medición idéntica y los resultados fueron del 21 por ciento. “La disminución del 4 por ciento en Bogotá es importante, sin embargo, sigue siendo un dígito muy alto. En Colombia 1 de cada 5 estudiantes es víctima del matoneo en todas sus formas. El problema presenta cifras relevantes en las regiones con mayor presencia del conflicto armado. El fenómeno en el país mantiene un promedio cercano al de Latinoamérica, región con los índices más elevados de abuso escolar en el mundo”, complementa Chaux, quien además es líder del proyecto ‘Aulas en Paz’, que trabaja la problemática en varios colegios del país, en tres entornos: el aula de clase; con la familia del agresor y la víctima; y clubes en los que se fusionan estos dos factores.
13 AÑOS, LA EDAD MÁS COMPLICADA
Según cifras del Distrito, tras el estudio realizado en el 2011, el 11,3 por ciento de los alumnos encuestados manifestó que en el último mes un compañero de curso le pegó y 9,9 por ciento declaró haberle pegado a alguien. Óscar Sánchez, secretario de educación de Bogotá, asegura que el hostigamiento escolar reduce con la edad. “La mayor incidencia de acoso se da al principio de la adolescencia. Un muchacho de 12 o 13 años está más expuesto que uno de 16. La razón es muy sencilla: en el principio de la adolescencia la agresividad es natural, en la medida que el sujeto va madurando, esta va cediendo y lo que queda son situaciones que pueden ser vistas como una excepcionalidad”.
En Bogotá, la Secretaría de Educación invertirá 45.000 millones de pesos en el Proyecto de Educación para la ciudadanía y la convivencia, mientras que en el pasado invertía solo 8.000 millones de pesos en esos mismos temas pero en iniciativas dispersas subcontratadas con ONG.
“En los colegios públicos de Bogotá hay una figura que es el orientador escolar y solo contamos con 1200, eso significa que cada orientador atiende de ochocientas a mil familias y tiene muchos problemas de acceso a la relación con los padres de familia, de seguimiento individualizado a los muchachos, entonces buscamos el proceso de ampliación y formación para que puedan ser más eficaces en su labor de apoderamiento y acompañamiento”, afirma.
Para el psicoanalista y especialista Martín Ochoa, por cuyo consultorio desfilan maltratadores y maltratados, la experiencia del acoso es “siempre muy dolorosa. Pensemos que en el proceso de socialización de los jóvenes, en un momento los pares toman en parte el lugar que antes ocupaban los padres. Pasan a ser figuras muy importantes y si ese traslado implica una relación despótica, el dolor es tremendo. El rechazo es vivido con intensidad. La sensación de fracaso es total”, alerta.
¿La posible solución? Fortalecer el apoyo familiar. “Lo importante es enviarles una serie de mensajes a los padres y a los cuidadores para que se ganen la confianza de sus hijos, para que les enseñen desde muy pequeños a no agredir, a aprender que todos tenemos derechos y que nuestro derecho termina donde inicia el derecho del otro. Un llamado a compartir en familia, a que no dejemos tan solos a nuestros hijos y menos en manos de la tecnología”, complementa Adriana González.
*Nombres cambiados para proteger la identidad de los entrevistados.





